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sábado, 1 de diciembre de 2012

Somos presos; nuestros carceleros los bancos. Los celadores los políticos. El director de la prisión; el gobierno.


Parece que la destructora era en la que las mortíferas armas empuñadas por los bancos y financieras de hoy en día, no tienen freno ni castigo.

Nuestros carceleros llevan trajes de marca y miles de euros y nuestras cárceles  tienen varios nombres adquiridos; desahucio, deudas y desempleo. Parece una sin razón que envenena nuestro entorno.

Pero a pesar de ser presos de una estirpe política devastadora tenemos la obligación de resistir. Hay que plantar cara a nuestros carceleros, sacar las uñas y dientes si es necesario. No podemos permanecer impasibles ante la destrucción de un bienestar social que tanto nos ha costado conseguir.

Por mucho que lo intenten, no deben lograr traspasar el caparazón que rodea el símbolo de nuestra fortaleza; la esperanza.

Contra todo pronóstico tenemos un compromiso con nuestros hijos, padres y abuelos; reaccionar y contribuir a reactivar la ilusión de un mañana cargado de esperanza que nos indique como salir de la cárcel en la que nos han encerrado.

Alzar la voz bien alto, hasta ser escuchados y resistir, sobre todo resistir.

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